Aniversario 63 de la caída en combate de el Comandante Rafael Ferro Macías

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Rafael Ferro Macías

“El mes de agosto tiene un día 18 que se me antoja triste, memorable, un obligado regreso a la niñez perdida, en esa fecha fue asesinado mi padre”.

Hoy retomamos las palabras que en días pasado publicara en su muro Rafael Ferro (hijo) como homenaje anticipado en el aniversario 63 de la caída en combate de su padre, el Comandante Rafael Ferro Macías, y su tío, el capitán Manolo Rodríguez Nodarse.

CUENTA LA LEYENDA, por Rafael Ferro Salas.

Los mayores en mi familia me han dicho siempre que desde bien pequeñito yo veía en mi abuelo materno la figura de mi padre. A estas alturas recuerdo que le decía Pipo. A mi abuela le decía mima.

Mi madre siempre estuvo cerca, pero llevaba la responsabilidad de un ejemplo y no cesaba en su batallar al servicio de una causa. Primero puso en riesgo su vida y después, alcanzada una parte de sus sueños, se entregó al trabajo cotidiano para defenderlos.

No recuerdo a que edad empezaron a contarme las anécdotas referidas a mi papá. Los abuelos y compañeros de mi padre se dieron a la tarea de hilvanarlas cada día, con sabia paciencia en el intento de llegar a la altura de un niño. Memorabilia necesaria que cruzó como un relámpago cargado de historias los umbrales de mi adolescencia.

Despacito, con ternura, como se cuentan las leyendas a los infantes, me decían que mi padre había luchado para cambiar su tiempo y que en los comienzos tiernos de sus 24 años, murió asesinado intentando salvar el alba.

También me hablaron de mi tío. Él y mi padre eran primos y desandaron sus cortas vida como hermanos.

Y eso misterioso y desconocido que los hombres llaman destino, los siguió hermanando, al extremo de colocarlos en el camino de los elegidos, predestinados siempre a morir temprano.

Mi tío cayó involucrado en un accidente absurdo con arma de fuego a manos de un compañero de luchas, recién tocando la victoria.

Me explicaron muchas veces que los camaradas de mi padre, en el vórtice sangriento de una dictadura, retaron lo imposible. Hicieron un juramento que cumplieron, lo llevaron al panteón vestido de verde oliva, colocándole en los hombros los grados de comandante. Supe que esa tarde de lluvia, el aire se respiraba con olor a pólvora y peligro inevitables.

El día que bajaron las estrellas, a mi tío le otorgaron los grados de capitán valiente. Apenas tres semanas después, entraba a la inmortalidad acompañando a mi padre.

Mi infancia fue así, ya nadie puede arrebatarme eso, es una especie de estigma divino, un peso que llevo y que me hace falta.

Esos dos ejemplos me acompañan, me tiran de la manga, me levantan si caigo y me repletan de merecidas críticas cuando sobrepaso los límites de la irreverencia.

El mes de agosto tiene un día 18 que se me antoja triste, memorable, un obligado regreso a la niñez perdida, en esa fecha fue asesinado mi padre.
En el mes de enero, cada veintisiete, hay llanto en lo que de mi familia va quedando, murió mi tío por la bala de un amigo.

Mi madre y su hermana son viudas de la guerra. Mi familia me entregó un legado que camina más allá de la misma muerte. Es un juramento perpetuo ante el inmenso mármol que a todos nos espera en el callado imperio.

Mi papá es el comandante Rafael Ferro Macías. Mi tío, el capitán Manolo Rodríguez Nodarse.

Los tengo latiendo al lado izquierdo de mi pecho, sin perder la ternura a pesar de las cotidianas incertidumbres, como en un renuevo constante que, desde hace un buen tiempo, tiene como meta el corazón de la leyenda.

TOMADAS DEL MURO DE RAFAEL FERRO.

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